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Sábado 26/11/2022  

La tribuna de Viva Sevilla

Llanto por unas tipuanas

Manuel Vigil-Escalera Pacheco, de la Universidad de Sevilla, nos habla de la desaparición de las tipuanas junto a la Casa Rosa en la Avenida de la Palmera

Publicado: 28/09/2022 ·
11:53
· Actualizado: 28/09/2022 · 11:53
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  • Llanto por unas tipuanas.
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Viva Sevilla

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Ahora que el calor va poco a poco cediendo, con cuidadosa y meditada lentitud, su protagonismo para dejar paso al tibio otoño sevillano, es posible, como diría Joaquín Romero, salir a buscar la tarde por las calles, por las plazas, por los jardines. Ayer la busqué con el ahínco de otros años y con la esperanza de llenar huecos y ausencias que, inevitablemente, van apareciendo en la alacena de los recuerdos; la encontré triste, ausente, huérfana de la silenciosa presencia de unos árboles que, como todos, prestan -prestaban- su generosa y elocuente contribución al dibujo de la ciudad, al perfil de sus sombras y al variado y rutilante tapiz de sus floraciones que, ajenas e inmunes al paso del tiempo, acuden cada año siempre puntuales a sus citas. Unas viejas tipuanas -altaneras como todos los árboles con orgullo de su pasado- habían caído abatidas por el inmisericorde tajo de sierras y excavadoras. Habitaban -vivían con la tranquilidad que respira y transmite el mundo vegetal- asomadas a la Avenida de la Palmera, junto a la antigua casa de los marqueses de Angulo -hoy Casa Rosa- cerca de donde esa  avenida deja paso indolentemente, con la suavidad de su trazado, a la delicias de otra, trazada en mejores tiempos.

Solía encontrármelas solícitas a la callada conversación que siempre es posible mantener con los árboles que se asoman a contemplar el andar por aceras y caminos; en este caso, cotidianas idas y venidas desde la Escuela de Arquitectura al Centro de Doctorado -antiguo pabellón de México- ambos de nuestra Universidad y que, por razones de la siempre tenaz y persistente burocracia académica, acometía con frecuencia.

Airosas e inmunes al cansancio de la lucha con los pertinaces ponientes, a los que hacían frente y presentaban cara en tormentosas tardes de invierno sevillano, o entablando medidos y rítmicos compases con los fuertes levantes en agobiantes tardes de solitario verano en la ciudad, en los que sus grandiosas copas, eran pinceladas de convencido verde sobre el lienzo azul de la ciudad. Siempre prestando su sombra cuando más se necesitaba; bañando de amarrillo suelos propios y ajenos, anunciando así, el inminente comienzo del verano.

Hoy se he quedado solo y huérfano el vecino y majestuoso Paraíso -MeliaAzedarach- de Villa Luisa, fiel compañero de tantas atrevidas danzas con los vientos del mediodía.

¿Qué daño hacían? ¿No ha podido intentarse su traslado, posible aunque costoso?¿Nadie ha propuesto adaptar y acompasar el nuevo proyecto a la compañía de  estos seres que, mudos, no paran de hablar a nuestros sentimientos? ¿Quién ha dado los permisos -porque son necesarios- para su muerte?

Era un jardín interesante no solo por estas tipuanas -tipuanaspeciosa-, también por el curioso seto, que en su discurrir perimetral imbricaba en un solo trazado, el siempre socorrido arrayan con otro de naranjo recortado, pariente cercano del que se con acusada originalidad se trazó en el denominado paseo Vip de la Isla de la Cartuja con motivo de la Exposición del 92. Por si fuera poco, unano muy frecuente tapizante -Dichondrarepens-  alfombró su suelo, recibiendo agradecida la sombra de sus hermanas mayores y que acogía, para adornarse con ellas, la lluvia  de sus flores de finales de junio.

Cuando el sol abandonaba la ciudad perdiéndose por el aljarfe, me he acercado, y sólo he podido ver ya las heridas de muerte en lo que fueron sus orgullosos troncos, heridas que lo son también en el alma de los sentidos; tampoco los recortes de naranjo y de arrayan: nada. Sólo rastro de máquinas y cuchillas, testigos impunes de la tragedia, y huellas inequívocas de un pasado vegetal que se fue para siempre, como otros en  esta desdichada calle.

Hoy lloran jardines de Sevilla, como tantas otras veces, con lágrimas que inundan el vacío y sequedad de una tierra que no acierta a comprenderlos; lo hacen en silencio, porque aquí -ya lo apuntó J. M.ª Izquierdo-  el sevillano -y de él lo aprendieron sus jardines- calla con elegancia su dolor.

Volveré a buscar las tardes, y cuando éstas se hagan anchas en junio y el calor nos avise de nuevo, echaré de menos su sombra, habrá nostalgias del halago que es la humedad de un jardín y, en el suelo, de la dorada alfombra de sus flores, que siempre evité pisar para que fuera eterna su presencia.

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