La elegancia

Publicado: 05/06/2022
Autor

Adelaida Bordés Benítez

Adelaida Bordés es académica de San Romualdo. Miembro de las tertulias Río Arillo y Rayuela. Escribe en Pléyade y Speculum

Hablillas

Hablillas, según palabras de la propia autora,

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Quizás resulte exagerado, pero el fin es vender, logrado en primera instancia con el visionado tras la visita a la página Web
Con el verano encima y haciendo pucheros por estar en la playa, resulta inevitable acordarse de los propósitos hechos mientras se desmantelaba el árbol navideño, comprobando un año más que la intención y la voluntad raras veces caminan juntas. Bien porque se andaba un poco a contramano por las circunstancias o bien por el merecimiento de algún capricho por lo sufrido, el caso es que los medios de comunicación e Internet, en alianza perpetua con las redes sociales, se han visto empachados hasta el colapso de anuncios publicitarios sobre dietas milagrosas, preparados rápidos y clínicas ofreciendo facilidades de pago con el fin de retocar el cuerpo.

Desde que comenzamos a consumir imágenes con la razón aún por despuntar, quienes dejamos de contarnos las canas pudimos llegar a convencernos del paralelismo entre la delgadez y la elegancia. El origen estaba en esos cuerpos andróginos donde la ropa caminaba tremolando por la pasarela como sudarios de fantasmas, dicho con el mayor de los respetos y admiración a las creaciones, al trabajo de la siempre difícil puesta en escena de la concepción de la moda como espectáculo. Porque aquella endeblez hizo daño en muchas mentes juveniles y aunque el estilo sigue latente, hoy se muestran las curvas sin complejos, con el orgullo de estar eliminando aquel principio referido al sufrimiento como condición indispensable para la hermosura.

Las retinas y los oídos andan un poco hartos de tanta publicidad hablando de efectos favorables, mientras un cuerpo atlético corre, nada o se ejercita con agilidad en un gimnasio, con el rostro de un preparador virtual hablando sin descanso desde el extremo inferior derecho de la pantalla que tengamos delante. En el espectador se inicia el temblor raro de la imposición por insistencia y convencimiento, dándole a la flecha de retroceso para salir del embrollo. Quizás resulte exagerado, pero el fin es vender, logrado en primera instancia con el visionado tras la visita a la página Web. Luego viene lo demás, aunque estemos cada vez más concienciados en la querencia a uno mismo, la aceptación y el crecimiento de la autoestima. El cuerpo ayuda, sí, pero esa visión pasa a otro plano o desaparece en cuanto van asomando los valores, la inteligencia, la educación, el saber estar, en suma, la elegancia, la personalidad donde se soporta la belleza. El cuerpo sólo la envuelve. Leer a Susan Sontag nos recuerda que esta belleza particular y única debe interpretarse, no estereotiparse, por eso no está mal ser bella sino la obligación de serlo concluye. Hagamos un hueco en estos tres meses calurosos para refrescar el ambiente con alguno de sus títulos.

Prudencia y mesura.

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