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Jueves 13/06/2024  

Lo que queda del día

La risa y el temor al futuro

Es difícil imaginar un futuro mejor; vivimos continuamente condicionados por el temor a lo que pueda pasarnos

Publicado: 31/12/2022 ·
00:30
· Actualizado: 31/12/2022 · 00:30
  • Feliz año 2023. -
Autor

Abraham Ceballos

Abraham Ceballos es director de Viva Jerez y coordinador de 7 Televisión Jerez. Periodista y crítico de cine

Lo que queda del día

Un repaso a 'los restos del día', todo aquello que nos pasa, nos seduce o nos afecta, de la política al fútbol, del cine a la música

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En el documental de despedida sobre Tricicle, Paco Mir recuerda que un día decidieron contar cuántas veces se reía el público a lo largo de su espectáculo. Alguien del staff se colocó entre bambalinas y fue marcando en una hoja un palito por cada vez que llegaban las risas desde el patio de butacas: 216. Según el precio medio de la entrada, cada risa te salía a 0,13 céntimos; una cantidad que el propio Mir consideraba más que aceptable teniendo en cuenta los beneficios saludables de la risa. La conclusión es que merece la pena reír, aunque sea pagando. Más aún ahora que se ha perdido esa afición tan nuestra a contar un chiste; no sé si por prudencia ante la posibilidad de ofender a alguien, para evitar que te tomen por un pervertido o porque no manejamos los códigos de lo políticamente correcto. El chiste ahora vive bajo la censura.

En la novela El nombre de la rosa, Guillermo de Baskerville reivindica que San Francisco de Asís tenía tendencia a la risa, e incluso que los santos “se valían del humor para ridiculizar a los enemigos de la fe”; y pone el ejemplo de San Mauro: “Cuando los paganos lo sumergieron en agua hirviendo, él se quejó de que su baño estaba frío.  El sultán metió la mano y se la escaldó”. La conclusión en este caso no tiene que ver con la salud, ni con el precio que hay que pagar por reír -San Mauro, probablemente sí-, sino con otra de sus virtudes: “A veces -prosigue el monje franciscano creado por Umberto Eco-, para minar la falsa autoridad de una proposición absurda, que repugna a la razón, también la risa puede ser un instrumento idóneo. A menudo la risa sirve para confundir a los malvados y para poner en evidencia su necedad”.

Pero, sobre todo, hay que reír más, aunque solo sea como mecanismo de autodefensa. Si se fijan, cada vez que alguien enumera sus compromisos para el año nuevo habla de perder peso, dejar de fumar, escribir un libro, sentar la cabeza..., pero nadie dice “voy a reír más”.

Habría que incluirlo, entre otras cosas porque, como escribió Manuel Rivas hace unos años en un artículo -antes de la pandemia, antes de la invasión rusa de Ucrania, pero con la mirada puesta en los movimientos migratorios protagonizados por las miles de familias que huían de conflictos bélicos y en la creciente desigualdad social-, “la parte del antiguo testamento es el mundo en el que estamos”.

El escritor argentino Martín Caparrós habla, directamente, de un mundo sin futuro, o de un mundo que teme al futuro. En una entrevista concedida a un medio latinoamericano confesaba que “hay épocas en la historia donde el proyecto de futuro existe, y hay épocas que no. Evidentemente, vivimos en una donde ese proyecto no existe, estamos a la deriva. Hoy no somos capaces de imaginar un futuro que nos esperance. Vivimos en una de esas épocas en las que pensamos el futuro como amenaza, en una de esas épocas que no tienen proyecto de futuro, y lo más fácil es hacerse el boludo. Me parece que las épocas de la humanidad se dividen en aquellas que desean su futuro porque lo imaginan y lo buscan, y las épocas que temen su futuro porque sólo pueden imaginarse un curso de degradación. Esta es claramente una época así”.

En este momento, evidentemente, es difícil imaginar un futuro mejor; vivimos continuamente condicionados por el temor a lo que pueda pasarnos, ya sea en forma de pena fiscal con la subida de los tipos de interés de los bancos; en forma de inundación o tornado como consecuencia del cambio climático; en forma de nuevos contagios víricos a partir de las imágenes y las noticias -quién sabe si interesadas- que nos llegan desde China; o en forma de guerra, por las consecuencias globales que arrastramos desde hace más de 300 días por el imperdonable ansia de Vladimir Putin. Al menos, la NASA nos ha quitado este año un miedo de encima: el experimento para desviar la trayectoria de un meteorito resultó todo un éxito. Se supone que, desde entonces, todos podemos dormir un poco más tranquilos. Ojalá que también, reír un poco más tranquilos. Feliz año.

 

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