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Lunes 27/05/2024  
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Sevilla

Currantes en Feria: invisibles a veces, imprescindibles siempre

Operarios de limpieza, cortadores de jamón, camareros o vigilantes son imprescindibles para que la fiesta siga y todos podamos disfrutar durante la Feria

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Un operario arregla el albero.

Manuel Segura, operario de Lipasam.

Pedro Govantes, un controlador de acceso.

Pedro Martín, camarero en una de las casetas.

Felipe Arnao, cortador de jamón.

Todavía no ha amanecido cuando Manuel Segura, conductor de uno de los camiones de la Empresa de Limpieza Pública del Ayuntamiento de Sevilla (Lipasam) comienza a baldear el recinto de la Feria de Abril, igual que Felipe Arnao deja de cortar jamón tras más de 12 horas o Pedro Martín termina de servir mesas y se va a descansar.

Son solo tres ejemplos de las cientos de personas que trabajan en la feria sevillana, gente que no suele salir en los medios de comunicación, cuyo trabajo a veces es desconocido, tan invisibles como imprescindibles para el éxito de más de una semana de fiesta desde puestos que implican estar al pie del cañón muchas horas y siempre atentos a todo lo que pase a su alrededor.

Manuel, al volante de su camión, es una de las 591 personas con 113 vehículos que el Ayuntamiento coordina para el dispositivo de limpieza y ve cada mañana “muchísima suciedad en el recinto” y no entiende que haya "personas que no respetan las papeleras, ni los puntos que hay para dejar la basura”. Entre las 6.00 de la madrugada y la una de la tarde a veces tiene que hacer trabajo extra.

Un jamón tras otro

Muy cerca de donde pasa el camión de la limpieza, en la calle Ignacio Sánchez Mejías del Real de la Feria, el alicantino Felipe Arnao ya ha perdido la cuenta de los jamones que ha cortado desde la noche del sábado, cuando empezó la feria, desde que llega a la caseta a las once de la mañana hasta que "se marcha la última persona de las mesas”.

Felipe forma parte de una plantilla de más de 20 personas entre camareros, cortadores y cocineros, y calcula que el domingo por la noche, en hora punta, pudieron dar de cenar a más de 500 personas: “Realmente, el servicio de una caseta es como si fuera el de un restaurante, con toda la preparación que conlleva” y 12 o 14 horas de trabajo cada día.

En una feria en la que el sol es protagonista, en esta caseta tienen suerte, al ser más amplia, por lo que el calor se concentra menos en la cocina, pero solo hay que pensar un poco para entender lo larga que se le tiene que hacer la jornada a quienes trabajan en espacios más reducidos en las cocinas de esta ciudad efímera sevillana.

“Se intentan colar continuamente”

A las puertas de esa misma caseta, un joven llamado Pedro Govantes es uno de los encargados de que solo accedan a la misma los socios e invitados. Pedro es, por primera vez, controlador de una caseta, a la que ha llegado gracias a que su tío lleva diez años y su hermano debutó en 2023, de modo que cuando hizo falta contratar a alguien le avisaron para ello.

“Hay mucha gente que quiere colarse, se intentan colar todo el rato”, cuenta Pedro, que se sienta a las puertas de la caseta al mediodía y se levanta en torno a las cuatro de la madrugada, en un trabajo continuo, con algunos descansos, que le deja pocas ganas de feria cuando acaba: “Tendré ganas de venir el año que viene, pero a tocar las palmas”, bromea.

Pedro evita que se cuelen los que no son invitados en la caseta, y José Carlos García trata de que la suerte se cuele en el bolsillo de los feriantes, porque este vendedor de la ONCE con más de 12 años de experiencia recorrerá durante toda la semana el Real de la feria con sus cupones y rascas, cambiando su punto habitual de venta en el barrio de Su Eminencia, en la otra punta de la ciudad.

“Vamos caseta por caseta y tenemos un horario”, dice este vendedor, que explica que comienza a trabajar a las 12.00 horas y termina a las ocho de la tarde, en un Real de la Feria de Abril donde “se vende mejor" porque "la gente viene a tomarse la copa confiando en que el cuponero le dé la suerte”.

“Normalmente, el cliente es educado”

En su caseta de la calle Rafael Gómez Ortega, un camarero almonteño llamado Pedro Martín es el ejemplo de los cientos de colegas que sirven las mesas y barras de la feria. Un trabajo de 12 horas, de mediodía a medianoche, porque a esa hora entra un nuevo turno, y asegura que el pasado domingo “fue de locos”, con más gente de la que recuerda haber visto nunca.

Entre el público, dice, hay de todo: “Gente amable, educada, pero también la que le da igual todo, pero normalmente el cliente mira por el trabajo del camarero”, en una jornada que es “un no parar en todo el día”.

Como ellos, la feria tiene a muchas personas anónimas indispensables, muy poco valoradas a veces y que tienen en estos días una fuente de ingresos extra, que algunos prolongarán en la romería de El Rocío.

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