No soy Rafael Nadal

Publicado: 19/07/2022
Autor

Daniel Barea

Yo soy curioso hasta decir basta. Mantengo el tipo gracias a una estricta dieta a base de letras

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El tenista es un portento de la naturaleza, solo eso, su éxitos tienen menos méritos. Pero no se habla de cómo gestionar el fracaso y mantener la dignidad
Rafael Nadal es un portento de la naturaleza. O sea, un fenómeno. Nada más. Que la prensa y las redes sociales se empeñen en señalarlo como ejemplo de éxito es, simple y llanamente, una tontería.

El mensaje que se traslada es perverso. Que queda claro, no obstante, que Rafael Nadal no triunfa por la constancia. Triunfa porque Dios o la genética, según uno quiera explicarse el mundo por Dios o la genética, le han dado unas capacidades innatas superiores a la media de sus congéneres. Luego está que su familia tiene pasta y una trayectoria en el mundo deportivo que han servido para sacar partido a sus dones. Y que al muchacho le gusta darle a la pelotita y tiene cierta capacidad de sacrificio. Pero si no tuviera habilidades innatas, Rafael Nadal sería cualquier otra cosa salvo el número uno del tenis mundial.

Entrenar hasta la extenuación, el pundonor y las ganas de ganar no son suficientes. Igual que dejarse la vida en un gimnasio, extremar la alimentación, vestir bien, y exfoliarse la piel no te convertirán jamás en Mónica Belluci o en Jon Kortajarena. Uno nace con la cara que gasta el resto de su vida sin poder hacer demasiado por evitarlo.

El atractivo, capital erótico lo llaman los sociólogos, es azaroso. La tiranía de las redes sociales, la infantilización de la comunicación y el sentimentalismo vacuo confunde conceptos y valores. Todo ello, lógicamente, fruto de la presión de la sociedad de consumo, que necesita iconos para vender relojes y coches, perfumes y un montón de cosas que no necesitamos, por un lado, y meterle en la cabeza a millones de personas que podemos ser como los ganadores... comprando lo que anuncian.

 

En la película de David Fincher El club de la lucha, basada en la novela homónima de Chuck Palahniuk, Tyler lo resume perfectamente: “La televisión nos educa para creer que un día seremos millonarios y estrellas del rock, pero no será así”. 

Para gestionar la frustración se han abierto otros mercados, el de la autoayuda, que solo sirve para amplificarla y, en el mejor de los casos, para coleccionar tazas con mensajes positivos con mensajes simplistas y en la misma línea del tipo “si quieres, puedes”, o el farmacéutico: si no soportas tu vida, tómate una pastilla cada día antes de dormir.

Uno, que no juega al tenis como Nadal y su única aproximación al mundo del deporte fue en la más tierna infancia, cuando me largaron a casa después de que solo dos del centenar de críos que ocupábamos el campo de fútbol de un club modesto fueran seleccionados por el equipo tras disputar un partido de 20 minutos; que solo se parece a Jon Kortajarena en que ambos tenemos un par de ojos, brazos y piernas; que no ha tocado el bajo en ninguna banda de rock; y acumular fracaso tras fracaso, aprendió a sobrellevarlo y aclararse con la literatura.

En la novela gráfica de culto sobre la devastación de Hiroshima, Pies Descalzos, Gen, el superviviente que narra el horror, repite la enseñanza de su padre: imita al trigo que, tras soportar el frío y ser pisoteado, siempre brota y crece alto y fuerte. El autor,  Keiji Nakazawa, no habla del éxito ni del estatus, si no de la dignidad, que es lo importante. Ese es el partido del que debemos salir victoriosos, teniendo en cuenta que querrán ponerle un precio quienes, despreciables ellos, hacen fortuna si logran arrebatártela.

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